2020 ha sido el año en el que hemos cumplido un sueño más: viajar a Japón. Y ya que íbamos hasta allí, lo lógico era escoger las fechas de la exhibición de bonsáis más importante del mundo.

En la entrada junto a Shinji Suzuki, uno de los más grandes artistas del bonsái del mundo y el último aprendiz de Mototsuke Hamano, quien fuera el maestro también, del gran Masahiko Kimura.

Personalmente, visitar la Kokufu ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. El momento de entrar en la sala y contemplar el primer árbol fue increíble. Las lágrimas se amontonaban en mis párpados rebosantes de emoción. Al fin estaba allí, rodeado de los bonsáis “que salen en los libros”.

Este es uno de esos “viejos conocidos”.

Hubo varios bonsáis con los que, a duras penas, pude contener la emoción. Un bonsái, como obra de arte, ha de transmitir emociones y este de debajo me llevó a pensar en la cantidad de manos que han cuidado de él durante generaciones, esa sensación de edad de decir: buff, es viejísimo.

Una maravilla.

Y cierto es que hubo algún árbol que ni fu ni fa. Que te hacen pensar ¿y esto que hace aquí? Sin embargo, el sentimiento general era de admirar obras impresionantes, bonsáis con muchísimos años de cultivo, de esos a los que ¡se les sale el mochikomi por los estomas!

Mucha boca abierta, mucho pepino, mucho detalle de quedarse “con el culo torcío”, mas el árbol que más me impactó fue este:

El pino que me dejó “embobao”.

No es el mejor bonsái de los 300 que pasaron por la Kokufu este año, tampoco es la mejor composición y aun así fue capaz de mantenerme embelesado durante minutos delante de él. Tenía algo, una sensación de naturalidad, de estar contemplando un árbol en la naturaleza, de llevarnos a la montaña al lugar hinóspito en el que habita, de transmitirnos un terremoto de emociones, en resumen, la capacidad de conmover.

Detalle del tronco en su parte superior.
La primera rama es brutal ¿y la corteza? No hay mucho que añadir.

Y con esto me quedo de la Kokufu. Con el regustete de haberme vuelto a sentir como un niño, de haberme emocionado e ilusionado como cuando empiezas con esta bonita afición en la que todo se magnifica, todo es impresionante, todo te ilusiona, todo son proyectos, sueños, todo aviva el ansia de saber, de aprender, de mejorar, de crear…¡no perdamos esa emoción! ¡viva el bonsái! ¡volvamos a la infancia bonsailera!

¡JUGUEMOS!

¡Hasta la próxima entrada!
Deseando que os haya gustado.
David.

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